“Mi corazón siempre dolerá”: Cómo honro a mi mejor amiga de la infancia que murió de cáncer

Karen Cordova vive en Nuevo México con su esposo y 2 hijos. Es escritora y tiene como objetivo contar historias de inspiración que podrían ayudar a otras personas con lo que puedan estar atravesando en la vida. Puede seguir a Karen en Twitter. 

Un día cuando tenía 7 años, mi mamá habló por teléfono con alguien durante mucho tiempo. Pensé que podría haber sido un amigo o una de mis tantas tías. Cuando mi mamá colgó el teléfono, me llamó. Yo estaba coloreando en mi cuarto.  

Subí al regazo de mi mamá en el sillón y me dijo que una amiga suya vendría mañana con su hija, Socorro, para que yo jugara con ella. Me dijo que Socorro estaba enferma.  

“¿Qué le pasa?”, pregunté.  

Mi mamá me dijo: “Tiene cáncer. Su cabello se ha caído y tiene un solo ojo sano”.  

Guau”, pensé. “¿No tiene cabello y tiene un solo ojo sano?”  

Le pregunté a mi mamá qué era el cáncer y ella dijo que la sangre de Socorro estaba enferma y que ella había estado enferma desde que era bebé. Mi papá y el papá de Socorro estaban en las fuerzas armadas de los EE. UU., y la familia de Socorro se había mudado a nuestra base en California porque teníamos un enorme hospital con médicos para ayudar a tratarla.  

 Al día siguiente, Socorro y su mamá llegaron a nuestra casa. Socorro no tenía cabello y tenía un parche en un ojo. Era pequeña y delgadita, y tenía cables que salían del pecho. La miré y le dije: “¿Quieres venir a colorear conmigo?” Estaba coloreando dentro de una caja vacía de la nueva cortacésped de mi papá. “Bueno”, dijo, y la tomé de la mano para ir a colorear.  

A partir de ese momento, jugábamos juntas todos los días. Socorro y yo nos convertimos en mejores amigas. Hacíamos todo juntas. Jugábamos, coloreábamos y cavábamos en la tierra. Fingíamos que éramos chicas de la WWE y luchábamos con mi papá todo el tiempo. A Socorro le encantaba cómo mi papá jugaba con nosotras. Mi mamá siempre tenía un gesto de pánico en la cara porque temía que mi papá “rompiera” a Socorro.  

Socorro también era bromista. Una noche que se quedó a dormir, mi mamá nos dijo que fuéramos a buscar nuestros pijamas para que nos cambiara para ir a dormir. Cuando fue el turno de Socorro, mi mamá le quitó la camiseta y Socorro gritó “¡Ay!” Mi mamá se asustó porque Socorro tenía un tubo que salía de su estómago para comer. Socorro comenzó a reírse. Todos nos reímos, excepto mi mamá. No le pareció gracioso.  

El día que cambió todo 

La abuela y las tías de Socorro siempre venían de Nuevo México a la ciudad a visitarla por su cáncer. Su abuela siempre jugaba con nosotras. Me hacía sentir que también era mi abuela. Nos emocionábamos siempre que la abuela de Socorro venía a la ciudad. 

Un día en la escuela, se activó el intercomunicador de mi clase y una voz le dijo a mi maestra que me llevara caminando a la casa de mi amiga Jennifer. Me sentía muy feliz porque me gustaba jugar con Jennifer, pero también estaba confundida. Nunca iba a la casa de otra persona después de la escuela, ya que mi mamá siempre estaba en casa.  

No sé cuánto tiempo estuve en la casa de Jennifer, pero mi mamá llegó a su casa. Me sorprendió ver a la abuela de Socorro ahí también. Estaba emocionada por ir a jugar con mi mejor amiga. Además, ¡su abuelita también estaba aquí! Mi mamá estaba muy callada mientras caminábamos hacia la casa de Socorro, que no estaba muy lejos. Mi mamá se detuvo, me levantó y me abrazó muy fuerte. Luego, me dijo que Socorro se había ido al cielo esa mañana. No entendía lo que estaba sucediendo porque la había visto ese día antes de ir a la escuela.  

Socorro había ido al médico para que le revisen las plaquetas. Le dijo a su mamá que estaba cansada, así que su mamá le dijo que se recostara y cerrara los ojos mientras esperaban que el médico llegara. Socorro cerró los ojos, pero nunca despertó.  

“Dios estaba listo para ella”, dijo mi mamá. 

No sabía cómo estar lista para dejarla ir. No hubo advertencia. Nunca nadie me había explicado que Dios podía llevársela en cualquier momento. “¿Qué está sucediendo?”, pensé. “¿Qué hago sin ella? ¿Cómo voy a continuar sin mi mejor amiga? ¿Cómo podía Dios hacer que el corazón me doliera tanto?” 

Sobrellevar la pérdida de mi mejor amiga 

Mi mundo entero quedó devastado ese día. Lloré todo el camino a la casa de Socorro. Lloré tanto que mi papá tuvo que venir a recogerme mientras mi mamá se quedaba con la mamá de Socorro. En casa, me acosté en la cama y lloré hasta que me quedé dormida. Solo dormir podía hacer que el llanto se detuviera y el dolor desapareciera.  

Unos días después, estaba sentada en el regazo de mi mamá en la conmemoración de Socorro en la base. Me dolía el corazón de una manera que en 8 años jamás había experimentado. El dolor era insoportable. ¿Cómo podía Dios llevarse a mi mejor amiga sin aviso? Todo lo que sabía era que mi mejor amiga estaba en el cielo, y nunca la volvería a ver.  

La conmemoración fue hermosa, pero comencé a llorar y las lágrimas no se detuvieron. El papá de Socorro se acercó a nosotros y le preguntó a mi mamá si necesitaba que me llevara afuera para calmarme.  

“No, gracias”, dijo mamá. “Yo la llevaré”.  

 Y nos fuimos.  

 Después de la conmemoración, llevaron a Socorro de vuelta a Nuevo México para enterrarla. En los años posteriores, cuando íbamos a visitar a mi abuelo en la misma ciudad, mis padres siempre me llevaban a visitar la tumba de Socorro. 

Cómo la pérdida de Socorro ha afectado a mi vida como adulta 

Ahora soy adulta, pero Socorro sigue siendo una parte muy importante de mi vida todos los días. Su lucha por vivir me enseñó a ser valiente y a nunca dar por hecho la vida ni ninguna de mis relaciones. He estado en duelo por la muerte de Socorro durante más de 35 años, pero la sigo honrando hoy al mantener viva su memoria. Mi papá y yo hablamos de ella a menudo, y mis hijos también saben de ella. Hay una foto de ella y una foto de nosotras dos en mi casa. La visitamos con frecuencia en el cementerio y le dejamos regalos. También donamos dinero para apoyar a otros niños y familias que sufren cáncer. 

Esta historia me resultó difícil de contar porque me aferré al dolor durante muchos años, pero poner la historia en palabras y compartirla fue terapéutico. Mi corazón siempre dolerá, pero sé que Socorro ya no tiene dolor y eso me hace bien. El tiempo cura las heridas, incluso para aquellos que han perdido a alguien por cáncer cuando eran niños. Pero escribir o llevar un diario (en inglés) puede ayudar con el dolor. 

Me resultó útil hablar sobre Socorro a menudo, incluso cuando más me dolía. Su vida significó algo y, aunque no está aquí en persona, es una heroína. Enfrentó una de las experiencias más difíciles que cualquiera podría enfrentar. Si se encuentra en una situación similar, hable con su ser querido y haga que su vida sea significativa para quienes lo rodean, porque sus vidas significan algo.  

Creo que Dios toma a los mejores ángeles y, aunque él se llevó a Socorro, ella siempre será mi ángel en el cielo. Cada vez que voy a su tumba, siempre me aseguro de decirle que la amo y que me espere en el cielo. 

El autor no tiene relaciones que revelar relevantes con este contenido.

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